Tic Tac, Tic Tac, Tic Tac… (Noviembre 2008)


La hora de la muerte, el último impulso, el descanso o el cambio de aires. Pienso en la hora de mi muerte, el día poco importa, pero la hora, el punto en el que se situará el sol influyendo sobre las sombra de mi cuerpo, sobre la sombra de mi cuerpo, me hace sentir nostálgico, y me hace amar más aquellas sombras de las que soy consciente, sombras formadas a mi antojo o al suyo, y que con mi cuerpo inerte dejarán de formar parte de mi responsabilidad. Pienso en una puesta del sol de mayo, una mirada desde mi balcón del norte a eso de las diez; un sol marchando a colorear los campos mexicanos, pero un sol ligeramente iluminado, un sol envuelto entre matices rojos, carmín o azules, naranjas dispersos, magentas, colores enredados. Buena hora para palmar, buen lugar y buen momento para que la falta de intención entre mis sombras no sea percibida, y así  esperar a la mañana alargando a la noche para delatar mi rigidez.

Me parece curioso el ejercicio de paladear el óbito propio, acostumbrados como estamos a ver cómo se mueren los demás. Siendo el ombligo de mi mundo, se me hace raro observar ese reloj circular que una vez marcada la última de mis horas continuará marcando las últimas horas de los otros. Esas tardes de verano que seguirán pasando, aquellas playas sobre cuya arena follé y en las que los que follen no dejaran de ser otra cosa que lodos de aquellos polvos. La radio seguirá sonando  y mis obras dejarán de tener mi sentido para desarrollar el suyo. Saber que el mundo no me necesita me toca los cojones, es una ligera patada entre las piernas que me hace pensar en que vivimos tras una broma de mal gusto, y que cambiado el gusto y adquirido el gusto por vivir, la broma deja de serlo para poder tomar la vida a tragos y la muerte tan en serio.

La muerte no me da miedo pero me intranquiliza el no saber a que hora vendrá, si llega a depender de mi será una tarde lisa de primavera en algún alto sobre el que pueda otear el horizonte y en lontananza al sol, recordaré los olores de infancia y aquellos ojos que me miraron a los ojos, y no seré feliz, quizás por un instante observaré mis manos para agradecerlas todo lo que han tocado, y absorberé toda la sensibilidad de la que sea capaz para dejarla en mi interior y que me acompañe por si la necesito. Los perros seguirán ladrando, y algún otro se encargará de contar las hojas de los árboles, de observar los matices de la naturaleza, de olisquear la tierra tras la lluvia.

Hoy no toca morir, la sinceridad me impone pensar en que mi estado actual no va a ser eterno, pero esa misma sinceridad me anima a una respiración reposada, a mirar mis manos con la certeza de que si nos dejan debe quedar mucho por hacer, y que volveré a tocar pelo, y a ver las puestas del sol desde el balcón del norte y a follar con el culo enharinado en alguna playa con sonidos de mar. Estoy casi dormido, la noche está, por éste día ya es suficiente, no me hagais mucho caso, seguir sobreviviendo, quizás sea cierto que solo mueren los demás.

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