Soy una lombriz de tierra (Julio 2008)


Soy una lombriz de tierra. Me alargo y me encojo según las circunstancias. Me alojo entre la tierra húmeda, huyo del amanecer. Me enrosco a voluntad y no emito, si acaso dejo rastro. Salgo al aire para cogerlo o para que me dé, y como diminutos, insignificantes. Tengo asimilada la ausencia de caricias, por esto mi reptar, para, con disimulo, ser acariciada por la arena. Me gusta la soledad, el silencio, y cuando César trabaja en el jardín y eleva la música, me alegran las rancheras, será por mis ancestros mexicanos. De las mañanas de verano me quedo con el riego de las nueve treinta, y de las tardes de verano con la lenta evaporación del agua, es como un baño turco, me encantan los baños turcos, será por mis ancestros otomanos. Mi aspecto, mi vida, mi desarrollo es simple, es como si no existiera, como si no sirviera para nada. Pero ya no me quejo e intento disfrutar del entorno, de las plantas nuevas, de la tierra lienta, del sunset.

César pocas veces se ha fijado en mi, pero noto su tristeza cuando topa con alguna de nosotras y nos hiere, no es su intención, es nuestra lentitud, nuestra fragilidad, el es bueno. Cuando está en el jardín me apresuro e intento pasar un rato bajo la tierra que pisa, sobre mí a hecho el amor, ha llorado, ha jugado con Beltran, ha paseado sueños y tristezas.  Al fin, todos somos seres vivos, tenemos nuestros ratos saleros,  y muchos pasan sin dejar rastro, a diferencia mía, que al rastro sumo túneles complejos, y no hago daño a nadie.

Desde aquí abajo todo es gigantesco. Sorteo los obstáculos sin dificultad, no llegué a serpiente y eso me altera cuando las veo pasar, pero mis transparencias me aproximan a la invisibilidad, y no mudo, solo me traslado. Me suelo situar entre el olivo y las piedras blancas, ésta zona tiene cortezas de árboles y es muy húmeda y sombría, además la inclinación del terreno impide grandes charcos. No se si el paraíso de la lombriz de tierra existe, pero yo aquí soy plena, mido lo mismo que las hojas del cerezo, la comida abunda, y a la noche, las estrellas se van superponiendo de tal forma que se iluminan las gotas caídas en el riego de la tarde, y todo brilla a ras de suelo como en un manhattan en que los grillos hicieran sonar el claxon, y los neones los encendiera la naturaleza. Mi mundo es sincero, la necesidad la marca el transcurso de las horas y, la oscuridad de la caverna, aquí no es transcendente, es lo que tenemos al alcance, lo que nos protege. Recorro escasos metros cada día, pero me se cada piedra enterrada en el jardín, conozco los tesoros guardados a escasos centímetros del suelo, no añoro, vivo horizontal, y no se de medrar, prefiero merodear entre raíces enredadas.

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