Religión habemus (Febrero 2008)


Tendremos que ir desperezándonos. Cuando hablamos soltamos a pasear palabras que en algunos casos no pasan de semilla. Han creado un gran búnker en el que se están depositando posibles plantas, plantas a la espera, aromas de futuro. Me pregunto si en alguna de las estancias, en una de las zonas mas alejadas y recónditas, habrá un tapper en el que descansen frases fascinantes, palabras sinceras, monólogos turbios, verbos; ideas no escritas, parole, parole, tintas del aire que quizás tengan su oportunidad en tiempos lejanos, con almas diferentes, con gentes dispuestas, con otros. En mi caso particular, en mi querencia hacia la contemplación del propio ombligo, he desarrollado un método prudente y singular. Utilizo cuencos de terracota de tamaños diversos, y cuando me brota una frase brillante, una palabra novedosa, destapo el cuenco y lanzo el brochazo vocal al interior. El problema de las frases, es que con el tiempo y la lógica decantación, cabe la posibilidad de que se mezclen las palabras y por lo tanto se pierda la frase lanzada, en ese caso daría pábulo a las interpretaciones de los otros, no es lo correcto pero no me desagrada, un ejemplo brillante lo tenemos en la Biblia cristiana, curiosa amalgama de datos que llevan cientos de años interpretándose.  Mi método funciona con palabras, no obstante dudo en la caducidad del sistema.

Año 2437 después de un cristo que se montó en febrero del 2436. En un páramo de la otrora Castilla, bajo las ruinas de una otrora vivienda, un pastor de un novedoso tipo de ovejas que ya no bala, recita, descubrió en un momento de alivio setenta y tres cuencos de barro de los cuales setenta y dos estaban rotos. Con el silencio se escuchan frases entrecortadas, palabras incompletas. Con el tiempo el lugar es famoso, se ha edificado una gran basílica. Con todo se ha formado una religión, y se ha reconstruido una foto que se me calló dentro de un cuenco, y que representa una de mis obras, probablemente la peor. En el altar se ha reproducido, y ahora se ora a ese volumen despreciable. La reliquia sobre la que se reza es el cuenco que permanece intacto y que nadie se aventura a abrir. Y mientras tanto, en las noches ventosas, miles de personas se acercan a la basílica, y con grabadoras de todo tipo y hojas en blanco, van recogiendo palabras voladoras, frases entrecortadas, pensamientos que desde los cuencos de barro decidieron posarse, y que impulsados por el viento se elevan para adoctrinar. Hay que joderse.

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