El jardín del arce en rojo (Septiembre 2010)


Habita en cuencos de barro, vidrios curvados, hojas verdes, palmas encontradas, ombligos y bocas secas. Mordisquea surcos caprichosos en la tierra, sabe hablar, reptar, humedecer. Fluye aminorando la marcha a campo abierto y se precipita alocada entre rocas lisas; para y se siente un murmullo, una respiración proporcionada a su volumen que, como tu pecho, sube y baja acompasadamente. Lleva anillos en los dedos, puentes a través de los cuales miramos el transcurso de aquello que va bajando. Caudal o nube, gota, aliento o salto al vacío, fluido perezoso, líquido brutal que nos mantiene vivos para seguir bogando.

La realidad del agua se alarga en variables continuas que dependen del tiempo, del estado, de la luna, del sol, del ancho, del fondo, del hombre, de la temperatura.

Si son gotas,  pueden llegar a ser diluvio cuando se lanzan de la mano en un descenso atolondrado, siendo gotas pueden turbar y tentar con su fragilidad a la ternura. Se posan tras los cristales para curiosear, caen sobre las hojas rojas para invitarlas a marcharse, con las verdes son más cariñosas, llegan a acariciarlas discurriendo lentas como un dedo que sobre tu piel pasase de las palabras a los hechos. Los vidrios las cuidan, salpicados  de ellas  son distintos y lo saben, entre las vidrieras de los templos se conoce la capacidad de las gotas  para variar los tonos de los lienzos de piedra. Sobre tu cara se muestran sumisas, se dirigen despacio hacia los pliegues de tu piel y van bajando, pacientes. Te recorren con un aliento mantenido, con un gusto dulce que entre tanta transparencia invita a perseguir  rastros satinados, caminos del agua. A partir de aquí, de esta diminuta apariencia todo es posible, desde la mar a los arroyos, desde los lagos al antártico, de tu mano mojada a los aljibes.

Las gotas que me miraban ayer tras la ventana hoy ya no están, se fueron en silencio. El agua puede irse así, sin despedirse. Se cuela bajo las pisadas o se eleva hasta los pensamientos, junto a los sonidos. En los cristales deja la suciedad que le sobra, baja a la tierra para lavarse o para enredarse y una vez satisfecho regresa a los cuarteles, descansa y retorna en otro punto, sobre otras pieles.

Si son nubes serán tormenta o devaneo, niebla u orvallo, vapor, vaho acumulado. De las nubes sé que vienen y van, y que me mojan o me omiten, que me dibujan el techo azul, que merodean. Es agradable sobrevolarlas, jugar al escondite con la seguridad de que miran hacia abajo, interpretar su estado, su tamaño, descubrir que sobre ellas todo brilla, que continúa azul, observar sus formas turbadas por corrientes, por térmicas, imaginar saltos imposibles, carreras de atletas etéreos, vereditas nostálgicas.

Me gusta que no paren las nubes. Son cómo las manecillas de un reloj gigantesco que se atrasa los días de calima. Su navegación es perfecta, la arboladura húmeda, su prolongación, las sombras que se van mezclando con las nuestras. Se distancian para crecer y para que se vea; reproducen seres mitológicos, barcos a la deriva con una tripulación perecedera, animales mutantes que con el transcurso se difuminan para disimular.

Anoche era oscuro y la sensación de desamparo mayor que de costumbre. Rodeado por las nubes nocturnas nos sentimos arropados, pero el silencio, la ausencia de las referencias celestes, de las luces de los pueblos cercanos, nos privan de la compañía intranquilizando a la mirada. Con tormenta todo es diferente, pasamos del desamparo a la insignificancia, si los rayos nos vieran sonreirían, aunque puede que nos vean, y que los truenos sean las carcajadas de los elementos, naturaleza salvaje sobre la que titubeando, caminamos.

Hoy es suficiente, mañana será martes y si son ríos continuarán bajando, vida deslizándose encauzada entre taludes. Todo se explica por la querencia de las aguas a moverse. Alargadas, acercan la diversidad a sus costados. Alrededor de ellas se decantan asentamientos populosos, aldeas, follaje satisfecho, barcos, barcas, crematorios, desagües, momentos, consecuencias.

Un río respira. En su juventud es vital y se lanza inconsciente ladera abajo, escándalo de guardería que rebosa barrancos, saltos de agua transparente, tirabuzones. Será esa sensación de impunidad la que hace anteponer las rocas a la tierra mojada; a estas alturas se cree en la inocencia, en tres de cada cuatro, en la necesaria falta de profundidad; en los inicios, para qué sumergirse. Si baja, si se precipita, desgasta la materia molesta, hace un ruido ensordecedor, salta produciendo columnas que sujetas sobre el aire mantienen la belleza en vilo, produce vapor y lanza  gotas traviesas para emborronar la atmósfera. Todo es novedoso, el viaje ha comenzado y la pasión del conocimiento impulsa.

En los valles corretean los caballos y se tranquiliza el pulso. Los grandes árboles se inclinan para observarse reflejados y los peces se resbalan entre las manos del agua cómo si para volar sólo fueran necesarias las agallas. Van apareciendo  hombres de todos los tamaños poniendo a prueba la educación de cada cual. Y  el río se va dejando hacer, continúa o le detienen, repta o se suma, acoge y conquista lugares a los que cede su nombre, para que se sepa a quien deben su existencia, para que se note el recurso horizontal sobre el que flotan las conciencias. En ocasiones la mirada se hace parda y profunda y todo queda impregnado por musgos verdes, muros sudorosos, cieno entristecido, guijarros cansados, alma de poso; y luego salta un pez y vuelve a resbalarse de las manos, y sale el sol, y encontramos un rápido para lanzarnos o se zambulle una mujer o se desliza una piragua azul o crea ondas una rana asustada por  sus ancas. Mucho pasa por aquí, la  cadencia anual la imponen las venas de la tierra, el contenido es delicado y mira de reojo mientras va.

Si está agazapada serán lagos. Agua queda  dispuesta a reflejar la coquetería de las montañas, el poder de los volcanes, los ecos de dialectos, lenguas que a su vera pastan, crecen, se reproducen con la singularidad de haber nacido entre la atmósfera irreal que forman estos espacios mágicos, que a duras penas encuentran el camino para seguir bajando. Nos debatimos entre la negrura y el verde esmeralda; son parajes cuya puesta en escena rezuma vivencias y en los cuales las precipitaciones anuales no dudan en precipitarse. Todos vienen a verlos, a contemplarlos, a surcar su clima o rodearlos buscando en las orillas las ligeras clases de ballet que imponen a las leves olas su tamaño. Se encuentran duendes y monstruos silenciosos contando en voz baja las leyendas más diversas, aquí deben haber nacido los optimistas y las miradas claras, y con las brumas del amanecer es muy posible que, suspendidas, aun se puedan apreciar los retazos de la inocencia humana o de la ilusión de la inocencia o de la inocencia atávica.

Parece un mundo aparte, los del lago son los afortunados y aunque han visto ir variando su reflejo en el agua, la imagen de su infancia permanece. La sensación es de acogida, regazo vegetal, de tu ombligo inundado se derivan formas de ser y de sentirse, y la pesca, que se conoce y entiende su función, crea hilos plateados para diferenciar la superficie del fondo, para indicar que más abajo la vida continúa y para apaciguar las sobremesas, entre promesas de continuidad. 

Las olas no se cansan. Si es la mar, hemos topado. Siendo tan grande tiende a movimientos ondulantes para diferenciarse o para marear, y su sonido es constante, su pálpito continuo. Aquí el poder del agua es indiscutible, se hizo fuerte y solo se retira para tomar impulso. Con la mayoría de edad ya no se juega, la mar disfruta de una seriedad salpicada de playas sobre las que nos saca la lengua, colores de miga de pan, migajas para que se tumben a mirarla. Lenta o súbitamente se sumerge, postura fetal que deja láminas para la superficie, la realidad se encuentra al fondo; mundos al margen alejados de la mayoría de los hombres, profundidades silenciosas acariciadas por el silencio de la sabiduría, barcos tumbados, seres prodigiosos, y escasa luz para seguir palpando.        

Cada mar es una e impone a sus aguas grandes compromisos, el ser gota aquí no es baladí, formas parte de la cadencia y del traqueteo, y si es necesario, la transparencia exige la contemplación sin trabas de los peces de colores, la escasez de ataduras y el continuo movimiento. Nómada es la palabra, podemos girar y trasladarnos, incluso comer en el camino, para la mar su deriva es su existencia, la ida es parte de la vuelta y el descenso la base que mantiene en andas a espumas, navegantes y reflejos de sol, que antes de apagarse en el abismo se tumban sobre las olas para tomarse.

Sabemos a qué huele gran parte de la tierra mojada, y miramos a lo lejos, y los ojos se nos tiñen de azul mientras intentan capturar detalles que se escapan. El mar, como las nubes, se transforma y varía a la par que tu cuerpo cambia a cada instante. Si te fijas, somos agua,  le pertenecemos, y cuando en  ella, horizontales, braceamos, no es más que la búsqueda de orígenes, la necesaria connivencia con un cordón umbilical imaginario que nos tiende la madre tierra para poder acurrucarnos.

Tengo un jardín, un arce silencioso que con el otoño ha decidido no pasar inadvertido. Tengo un libro y un lugar dónde sentarme, puedo leer y respirar, y entre las sombras, conozco a una que sabe taparme. Hay plantas y colores, estamos vivos. Beltrán se revuelca entre la hierba lienta, la humedad es relativa.  Me siento satisfecho. Sentado, miro alrededor para empaparme de belleza e introduzco la mano más sedienta en la pila de piedra de la fuente. Toco agua y lo escucho, me acerco la mano, bebo. En la intimidad el agua no es azul, sumisa se deja llevar e intenta relajarnos con una melodía continua, monótona, sencilla. Mirándola, nada de lo que me rodea se siente amenazado, es un buen momento para agradecer a la naturaleza que continúe ahí, abro el libro por una página cualquiera, cierro los ojos, sonrío, abro los ojos y el libro me habla de unas inundaciones cerca de Phnom Penh, el paso del tiempo se encarga de deshacer la perfección con la misma rapidez que la crea.

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