Cuadernos de inquieto tres (Julio 2007)


La suma salió bien desde el balcón del Barbantes. Santiago cuando amanece de luces te coge en brazos y hasta que no te meces por sus calles uno no descansa. Recorridos de gentes relajadas por losas de granito que saben tanto que si te callas oyes el murmullo, el intercambio de experiencias  con las losas nuevas. Soy parte del mundo en Compostela y los recuerdos me vienen lentos, pasan sobre mi cabeza y se suman a los que voy tomando. Desde los soportales del palacio Rajoi hablo con el santo, levanto la cabeza y le miro a los ojos, aquí estoy de nuevo, continúo, cambia la compañía, yo voy cambiando, permanece el alma castellana y la sensación de soledad ya no hace tanto daño. Sé que nací conmigo y no puedo escapar de mí, curiosamente tampoco quiero, si miras bien me encuentras.

Coche, cerca de doscientos kilómetros, Oporto y noche de San Juan, y éstas dos ciudades, cercanas, eternas, estiran el brazo y no se sueltan nunca. Pasamos de las calles con losas a los adoquines con aspecto de ejercito en campaña. Aquí también se nota el paso del tiempo, el agua brinda pátinas norteñas y ese liquido que en Santiago cae, aquí unido fluye en un cauce asediado por casas viejas, grandes palacios, bodegas, vecindades que codo con codo ven pasar la pereza de las barcas mojadas. La noche se deja caer y la gente se lanza a las calles armada con mazos de colores, demasiada gente si no fuera Oporto. Vuelan globos, cantan las sardinas, besan los ajos, vuela la pólvora. Yo ya no cuento golpes, los apilo, los amaso, los añoro, sentados al margen del Douro vuelve a nacer el sentimiento de pandilla, somos unos cuantos y las arrugas son tan bellas que para mañana cuando abra los ojos las seguiré contando, un viaje más, otra singladura, mira que me gusta desaparecer y nunca me separo de este cabrón que nació hace cuarenta años.

Hostal Barbantes, Santiago De Compostela, habitación sobre la calle.

Oporto, hotel Ipanema, habitación 513.

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