Cuadernos de inquieto siete (Octubre 2007)


De aquí a Luanco, al Muelle, a tomar navajitas y almejas y sidra natural, natural. He pasado dos días visitando las áreas de descanso de la A-6, viendo pasar coches infringiendo las normas de tráfico; he oteado el horizonte y visto viñas y castillos de piedra y casas de putas. Me he detenido en una gasolinera de REPSOL y me han atendido mal, es mas, me han servido sin mirarme, otro usuario, un café solo con leche, un gesto de extrañeza, un pincho de tortilla. Reconozco que la camarera intentaba mantener el orgullo, se dejaba ver en su rostro la tristeza de una vida inesperada desarrollada cerca del asfalto de las grandes vías y, bajo las ojeras, tras la cara de derrota, bajo su espalda, atrás, aun se mantenía un culito de dos manos, circular, un culito que no encajaba en una gasolinera tan llana, vaya culito. Su compañero, cincuentón, portaba unas ojeras como las de ella, su cara comprendía, aceptaba la derrota, desencantada, con una pátina de alcohol entreverada de caricias adquiridas en las casas de putas del entorno, miraba hacia abajo. Cara de putero, alma de centro de residuos urbanos, estercolero que apila la mierda en vertical, probablemente, hijo de puta. Me atraen los lugares sin alma, esa limpieza apta para los de sanidad, esas plantas sucias, torcidas, escasas, ese paso continuado de neumáticos, esa gente que se estira entre kilómetros, esas cajas de pastas del lugar, ese embutido embutido.

La A-6 me acerca a ellas y de ellas me separa; vía estilizada que dándole en el cogote a la capital traslada al norte o al sur gente sentada a escasos centímetros del suelo. Rectas largas, dedos de tierras húmedas estirados por Castilla que más que acariciar sienten el cosquilleo de la diáspora en weekend. En los descansos miro, escucho, fumo. Paro para poder mirar, cada cartelito de área de descanso me ilusiona, no suelo avisar, no activo intermitentes, en realidad todos saben que me aparto, que cojo carriles de deceleración con una facilidad pasmosa. Abro las ventanas, giro la llave, me apeo, me apoyo, enciendo el cigarrito y os veo pasar sobre esa línea gris que continúa lisa. Mirón de autovía con tacto de ojos rojos, ojos cansados que distinguen el metal de lo asfaltado.

La Magdalena, cerca de León, primer piso, casa soleada.

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