Cuadernos de inquieto doce (Septiembre 2008)


Tengo una luz giratoria que a intervalos brilla por la superficie de mis ojos. Me gustan los faros que se yerguen sobre acantilados pedregosos, entre la paciencia y la calma, entre el viento y la constancia. Repaso los lugares en los que he sido feliz y a la noche, cuando no encuentro referencias, busco la luz entrecortada que domina el negro, y consigo relajarme para pegar los ojos y abandonarme horizontal.

Hacia el sur, desde mi casa, todo parece más sencillo. Los coches se dejan caer por las grandes rutas y cambian de carril con esfuerzos aparentemente nulos; diáspora de civilización aborregada que en espacios puntuales se entrega al descanso o deja de descansar encabronada. Surco la tres y me inclino hacia la izquierda para, atravesando Murcia, aproximarme al Este, bordear un mar de aspecto menor, e introducirme sin el menor esfuerzo en un rincón portuario, una periferia de la ibérica que no se suma a la mediocridad de una Manga absurda, si no que mantiene entre los codazos de adosados despersonalizados el aroma de la sal y la humedad mediterránea que impregna el alma. Por Cabo de Palos he paseado de la mano, he alterado el tono de mi piel, he mirado a lo lejos, he espolvoreado muchas horas de la vida que me queda entre las terrazas y la arena de la playa, y he tomado ron, cerveza, caricias y limón. Me he dedicado a observar, y mi soledad habitual se ha sentido apartada por una familia de mujeres de aquellas que dan sentido a la palabra mujer, y por un hombre joven, de aspecto y tono juvenil que nos ha regalado a todos el privilegio de andar sobre las ascuas de la inocencia. Luego he visto barcos y he recogido los deseos que lanzamos a las perseidas para hacerlos míos, he pensado mucho, he amado mucho, he sonreído. He mirado a la mar, el mar, la mar, y todavía encuentro mis ojos tintados por su azul, por su indómita silueta de animal inalcanzable que para nuestro orgullo nos permite oscilar sobre su espalda o nos deja echar vistazos cortos a escasos metros de profundidad, de igual forma he entendido su desprecio y su radical comportamiento los días que alterado nos obliga a alejarnos de el.

Soy uno mas, pero me fijo, y me he quejado tantas veces que miro la polvareda que levanta el populacho y ya no me irrito, únicamente soplo para crear burbujitas de satisfacción en las que introducirme.

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