Cuadernos de inquieto diez (Marzo 2008)


Vaya, el sol sobre Santiago, y entre los robles la delicadeza. En Galicia los bosques andan agrandados, completos. Las carencias impuestas por la falta de agua aquí son inexistentes, y los helechos se suben a las ramas para divisar.

Sentado en la plaza de Quintana, comencé a preguntarme sobre el color de la tierra, y empecé a caminar. He recorrido cien veces las calles paralelas, y he pisado las losas de granito contribuyendo con mi peso y mi transcurso al desgaste lento; pero ahora, buscaba tierra que tocar, tierra para oler, y dejé atrás la Rua Nova, y giré a la derecha, y salí de las calles y me fui al robledal para cambiar impresiones con los árboles que miran a Santiago.

Se llama Feidaulón, tiene trescientos dos años y un tronco cercano a treinta personas abrazadas; a los tres metros se divide en dos grandes ramas y a partir de aquí enarbola caricias y pende estructuras complejas para que se rasque el vento. Mira de frente a la catedral y busca decidido la contemplación de la plaza del Obradoiro, pero las casas crecen al gusto vertical, y Feidaulón se agranda lento, con la sabiduría del que espera y confía, con la sobriedad del que se agarra a la tierra con fuerza, con la seguridad a salvo entre los brotes nuevos. El tronco es de musgo verde y su reflejo me torna vegetal, y me van creciendo las raíces en torno a las palabras, y fluyo entregando a la sabia frases inconexas, frutos de una derivación prudente que me atrae a Galicia cuando las horas dejan.

Un robledal mira a la ciudad desde Santa Susana, y sentado junto a Feidaulón  me llega un abrazo solar, calor anaranjado que dispersa al verde. Ladran cuatro perrillos de tamaño similar, la gente pasea un poco mas abajo. Todo brilla a lo lejos y entre la penumbra que me impone la espesura pienso un poco mais, siento, me rebusco. A mí también me llueve. Mi crecimiento es tan lento cómo el de Feidaulón, pero no dispongo de trescientos años, y aunque nuestros objetivos se asemejan, la fortaleza es dispar. Me canso sedente, y me va apeteciendo prolongarme; ir a buscar aquellos olores que me excusan de seguir mirando, y mojar los tobillos en todas las aguas dónde acabe la mar.

Habitación 27, Hostal Barbantes

Ir al principio de la página Volver al índice de Cuadernos de Inquieto