Cuadernos de inquieto cinco (Agosto 2007)


Los desplazamientos cortos indican huidas poco claras. Se debaten entre la necesidad de salir corriendo y la tranquilidad que supone el levantar la cabeza y reconocer tus montañas, tus claros, tus oscuros. Siempre que me marcho de los cuarteles de invierno miro atrás, me veo encaramado a una escultura, concentrado en el trato al volumen, buscando detalles entre los pliegues de la arcilla. Para alejarme debo haber estado, saber que formo parte de un espacio vital que me acoge, entender que volveré y que tengo raíces, y abrazos por dar.

En Santillana Del Mar el tiempo no sale de casa, la piedra manda y el sentimiento atávico se impone. Las olas más cercanas se suceden cerca de Suances, se trata de una leve concesión, seamos indulgentes, todo no cabe, ni siquiera sería necesario. Las redes se echaron hace siglos, se propusieron calles con pavimento irregular, calles inclinadas, casas austeras, silencio alternativo, solidez, serenidad, cordura.  La vida aquí sabe los pasos que se han dado, están contados, y cuando uno pasea sabe que le están mirando, incluso en plazas solitarias se palpa compañía, en espacios como éste la soledad es para los necios.

Al contrario que con las construcciones templarias más comunes, en las cuales el templo se sitúa en todo lo alto, aquí la colegiata se fue al fondo y desde cualquier parte se llega a ella descendiendo, curiosamente el resultado es el mismo, las miradas se resbalan calle abajo y todas confluyen en un edificio sobrio, en un abrazo entre prismas, arquerías, vanos y portadas que ruborizan a las simetrías más consolidadas. En el pueblo todas las casas salen reforzadas con la existencia de éste vecino peculiar, saben que no se trata de acaparar protagonismo, consiste en fortalecer, en cerrar círculos; es la expresión de la belleza en un ámbito ancestral, es un continuo, una superposición de detalles en voz baja capaces de dejar pátinas de color anaranjado en los que saben ver, en aquellos que tenemos la suerte de sentir, de estremecernos, es más, propongo una visita nocturna, digo más, exijo un recorrido por estas calles con los ojos cerrados, en silencio, la compañía no es necesaria. Paseemos sobre la irregularidad disimulada de Santillana y para alcanzar la felicidad definitivamente, una vez paseados, quedemos a eso de las tres de la mañana y copulemos lentamente, sin miedo, sin reparos, sin posturas; un abrazo más para aquellos que nos miran desde las ventanas, entre las piedras.

Hotel Santillana, habitación 110, admiten perros.

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