Cuadernos de inquieto catorce – Tercera entrega (Octubre 2011)


Dalat se merece al menos un día para descifrarla, a no ser que recorras sus alrededores contratando el servicio de algún motero con pinta de motero, cosa que no hice, lo que si hice fue comprar un billete para Ho Chi Ming, la antigua Saigón.

Aquí los desplazamientos son los propios de un país en construcción, y aunque el sur de Vietnam no fue masacrado por las bombas de los estadounidenses, se reconoce la dificultad de encontrar carreteras al estilo occidental.  Saigón, no obstante, es una capital populosa y con grandes edificios, es una de las grandes urbes del sur este asiático, tiene un carácter mas actual que Hanoi, menos atávico, está claro que no fue atacada como Hanoi. Me recibió mientras que a la tarde se le hacia tarde, mientras que se prendían las luces de la noche y el autobús me acercaba hacia el centro. La cantidad de motos era brutal, sorteándolas busqué un hotel y tras dejar la mochila me lancé a la calle.

Grandes hoteles, grandes edificios de todos los gustos, mercados, calor, calles en cuadricula, amplias, limpias al menos por el centro, mas calor, y comida por todos los sitios, parece que los vietnamitas siempre están comiendo. Aquí probé uno de las mejores platos del viaje, a parte del riquísimo pho o los rollitos vietnamitas, o esa compañía vegetal que colocan a muchos platos y que te sorprende con sabores novedosos en cada bocado, pude degustar un pescado hecho en una barbacoa callejera, junto a un mercado callejero llamado Ben Thanh, realmente divino.

Una de las obligaciones de éste viaje era ver la guerra de Vietnam desde el punto de vista vietnamita y para ello hay que ir al museo de los recuerdos de la guerra. No voy a entrar en las causas, no voy a entrar en las explicaciones, en los hechos, en las razones, ni siquiera en las consecuencias o en los actos o en las barbaridades o en las masacres o en los muertos, las formas de abordar un tema tan complejo como una guerra son prácticamente inabarcables, pero las sensaciones tienen la divina facultad de sin necesidad de palabras, enseñarte a descubrir aquello que la razón o los intereses desconocen. Mi compañera Rebeca sorteó las lágrimas con grandes esfuerzos y yo abrazado a mi silencio me deslizaba por las estancias del War Remnants Museum junto a la incomprensión y a la vergüenza, junto a las preguntas frecuentes que hacen que te crezca un gran signo de interrogación sobre la cabeza. Yo no tengo ni los conocimientos ni la fuerza moral para hablar urbi et orbi, pero si tuviese algo que ver con tal desastre sería incapaz de sobrevivir a la noche más cercana.

Era la hora de navegar por el Mekong y para ello no quedaba otra opción que acercarse a él. El delta de este río es un barullo de tierras de labranza, arenas húmedas, afluentes y ciudades con expresión portuaria. La primera parada fue en Mi-tho, un autobús de Mailinh Express con poca prisa y poco de autobús, quizás más de microbus fue el primero en mostrarnos tras sus ventanas este fabuloso río. La ciudad no era mucho mas que unas cientos o miles de casas plantadas alrededor del Mekong en una disposición aleatoria, pero una barquita desgastada nos permitió navegar y ver caer la tarde una vez mas entre el vaivén de las olas creadas por las grandes barcazas que recorren el río. Al día siguiente llegamos al epicentro del Delta, la ciudad de Can-tho, mucho mas interesante, mas acogedora, con un mercado muy agradable y una terracita junto al Mekong encantadora, aquí contratamos los servicios de una señora mayor que lentamente, nos paseó durante unas horas por los mercados fluviales y por los canales. A veces la lentitud, el silencio, una sonrisa, un piña , una leve compañía, el sol y algunas gotas de lluvia, te recompensan y te invitan a esbozar sonrisas discretas, nada escandalosas, sonrisas de las que se nutre el alma para recordarte en el futuro que hubo un día en el que fuiste feliz.

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