Cuadernos de inquieto catorce – Segunda entrega (Abril 2011)


Hoi An está junto al mar de China, hacia el centro y el este de Vietnam; no es grande, no es populosa, no busca la verticalidad, únicamente se extiende, se deja untar sobre la superficie lisa de un terreno estratégicamente situado. Cuando viajas y recorres, desmenuzando kilómetros, te encuentras en contadas ocasiones con el pasado encerrado en calles empedradas. Muchos países conservan escasas ciudades históricas, pueblos o ciudades encantadoras que han mantenido de forma milagrosa su casco antiguo, su cogollo, su aspecto anciano, una de estas ciudades es Hoi An.
La lluvia llegó cuando llegué. Llovía intensamente, lluvia con ganas de mojar. Anochecía, y un taxi común me lanzaba a las calles de la parte nueva de Hoi An. Tras buscar un hotel y esperar impaciente a que la lluvia se cansase, me lancé dispuesto a descubrir las calles ancianas de las que tanto había oído hablar.
La noche ayuda a desplazarse lentamente, y al mismo tiempo rodea el paisaje de misterio, disimula errores e invita a fundirse en el silencio, a callarse para no molestar a las aceras. Mi brújula me decía que al norte debía encontrarme con el pasado vietnamita, y hacia el norte comencé a caminar. Curiosamente, muchas de las grandes maravillas de éste mundo, te las encuentras tras un muro austero, o tras unos ojos tristes, o al atravesar una esquina mil veces meada por mil perros. Para acceder a la antigua Hoi An entras por un pequeño callejón, un estrecho callejón que se frota las manos al saber que es la puerta de entrada a un mundo a parte. Era como adentrarse en un túnel temporal, el acceso a una especie de agujero negro que te atraía y una vez abducido te soltaba en el pasado. En realidad el cogollo se centra en tres calles paralelas que puede que no superen cada una los mil metros de longitud. Son casas con historia, casas para coleccionar espíritus. Son casas de madera asomadas a calles estrechas e iluminadas levemente por farolillos de seda. Es una zona peatonal, silenciosa, callada, frágil. Aquí paseas lentamente y disfrutas de la observación de las pátinas del tiempo, de la trama elaborada por los siglos que una lenta lectura te invita a ir desentrañando. Los diversos materiales se funden y las maderas se confunden con las arcillas cocidas hace siglos o con los hierros forjados alguna mañana de hace cientos de años. Los musgos abrazan las singulares tejas y las paredes indican por dónde suele venir el agua, por dónde se descuelga y hacia dónde va.
Muchos restaurantes, un hotel maravilloso, tiendas de recuerdos que en muchos casos mantienen una oferta singular, y gran cantidad de sastrerías dónde te hacen un traje a medida en pocas horas y a buen precio. La calle mas al norte da a un puerto fluvial y las barcas de los pescadores rivalizan con el paso del tiempo. Una de las maravillas es un puente japonés cuyo tamaño anima a sentirse feliz de ser pequeño.
Hoi An se salvó de las bombas Yankees gracias a un acuerdo, curiosamente muy cerquita se tomó la foto tan vista de la niña del NAPALM.
Y hacia el sur, y más calor, y un autobús destartalado, y Dalat. Dalat es otra sorpresa de Vietnam, se encuentra hacia el centro-oeste, cerca de la frontera camboyana, no tiene el poso anciano de Hoi An, pero rezuma una curiosa estética alpina, incluso la torre de comunicaciones es una pequeña reproducción de la torre Eiffel. Quizá lo más interesante sea el mercado de la localidad y el color de las flores.

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