Cuadernos de inquieto catorce – Primera entrega (Marzo 2011)


VIETNAM         CAMBOYA

Avión- Doha, avión- Bangkok, avión- Hanoi, una mochila verde, una mujer alargada y ligera, y otra vez Asia con tantos ojos achatados por los polos.

Ésta gente está en ebullición, no he asistido a ningún nacimiento, pero no me sorprendería verlos saltar al mundo en moto, ya que parece que se prolongan sus piernas entre engranajes a los que se añaden dos ruedas y un motor escandaloso.

Al norte de Vietnam se le nota el retraso al que las guerras mandan, pero se ve que van a salir victoriosos, de la misma forma que salieron de las invasiones de los Chinos, de los Franceses o de los yanquis.

Hanoi está debajo de las motocicletas, si observas, bajo ellas intentan respirar calles ligeramente descuidadas. Las aceras rebosan de motos a la espera, y el personal se entretiene sorteando proposiciones serias de atropellos que pocas veces pasan de ser proposiciones. Me gusta ver lugares que aun no son asépticos, la comida en las calles, el aroma de la vida fluyendo a borbotones, y los recordatorios de la muerte para que no se nos olvide el porvenir.  En el centro se suceden dos lagos, uno pequeño al que se asoman árboles fascinantes y otro grande al que también se asoman árboles fascinantes, aunque junto a éstos últimos, va naciendo una nueva ciudad de características menos atractivas a la ciudad anciana que rodea el primer lago. La gente cuando se apea de la moto trabaja y hace deporte, deporte de amanecer, debe ser un deporte poco exigente ya que a horas tan tempranas el adormecimiento impedirá un excesivo compromiso. Antes, durante, e incluso tras la tarde, huele a comida y a jengibre, o a cilantro, o a pho humeante, y el personal se arremolina con esa capacidad humana de comer cualquier cosa, suspendiendo su anatomía en unas sillas diminutas de un plástico coloreado que al enmarcar las calles forman una barrera soleada desde la que se divisan los pasos de las horas.

Los edificios en el Hanoi anciano se encargan de crear un laberinto en vertical asomado a calles repletas de vida, laberinto que esconde todo tipo de oficios, de comercios, de comidas, de idas, de venidas y de hoteles cuidados o que una vez descuidados más que animar al sosiego invitan a la desolación.

A pocas horas de Hanoi se deja ver un extraño suceso, tan extraño que solo se repite en otros dos lugares de la tierra en el que gracias a eso de viajar el menda también a estado. Son caprichos de la tierra que en éste caso  emergen de un mar que rellena huecos, que rodea, que sirve de aglutinante dispuesto a redondear una imagen que se torna perfecta, y que alrededor de las caricias de las aguas, de la seriedad de las rocas,  del acompañamiento del cielo, abre los poros de la observación acariciando el alma. Atiende por Halong y es capaz de mantener la compostura incluso entre turistas, ya que el monopolio de barcos de madera que transporta al personal tiene reminiscencias de embarcaciones antiguas, o por lo menos lo intenta, aunque reconozco que tanto barco me creó la impresión de estar formando parte de un desembarco o incluso de lo que pudo sentir aquella soldadesca que participó en la batalla de Lepanto.

Sapa está junto a la frontera China, a diez horas en tren de Hanoi, subido a una montaña. Pueblecito que desde su montaña mira a otras, tan altas que impiden la visión de su tremendo vecino del norte, aunque si te callas y escuchas se puede atender al murmullo chino, otros dicen que es el viento, pero yo escuché ni hao. Aquí también las tribus van perdiendo su ancestral ocupación y se lanzan tras el visitante mostrando artesanías de bajo presupuesto. Los trajes tribales sirven de reclamo, y las niñas, y las mujeres, recorren las calles despreciando al frío, y miran a los turistas sin ver mas allá que sus carteras, y haciendo de su pasado ornamental escusa empresarial que a la  vergüenza mira de reojo sabiendo que no tienen toda la culpa de desmerecer el uniforme. Por aquí se dejan ver los búfalos de agua, y los campos de arroz, y los valles, y se llega a participar de un pasado que en los pueblos alejados del turismo se hace presente, y te enseña como debió de ser, cómo fuimos antes de formar la avanzadilla de la civilización, antes de ser de plástico.

La vuelta a Hanoi la protagonizó un viaje en autobús inolvidable, íbamos tumbados sobre literas de skay, nos acompañaba una televisión que no se apiadaba del deseo de dormir, y que sin descanso reproducía vídeos incalificables de música vietnamita. Llegué a la conclusión de que entre Sapa y Hanoi no existen las líneas rectas, y los frenazos, y las aceleraciones se sumaban llegando a no poder distinguir el avance de las detenciones.

En Hanoi amanecía cuando, tras diez horas para unos trescientos kilómetros, llegamos. Un avión y a Hoi An, la fascinante Hoi An.

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